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Sorpresas de aeropuerto.

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Me tomo la libertad de introducir en la Bitácora algo de las vicisitudes y peripecias de la vida de psicólogo del deporte que me ha tocado vivir.

Hay colegas que me dicen que soy un trotamundos, entre ellos Roffé y Martín Bonilla, y otros me anuncian de viajero frecuente, como Gabriel Gutiérrez.

Sí, es verdad, llevo 34 años viajando por una parte del mundo que abarca ya 106 ciudades, desde Yerevan en Armenia en el Medio Oriente pasando por Moscú, siguiendo a Malmö en Suecia y Tijuana en México, en un sentido vertical desde Regina en Canadá pasando por Cheyene en USA y el Distrito Federal en México hasta Calbuco en Chile.

Donde quiera que estuviera y estaré llevaré el amor a mi país y el deseo de ser útil.

La felicidad radica en emplear nuestras modestas capacidades en donde son requeridas.

Toda esta actividad no ha estado exenta de determinadas tribulaciones en aeropuertos y aviones.

No le temo a un desastre aéreo. Siempre, he confiado de los aviones, hasta de aquel IL 18 que nos llevo al trote por encima de las cajas de aire de los Urales en el año 1975, o sobre los Andes con los mismos sobresaltos en el transito de Quito a Guayaquil.

No le temo a la muerte, aunque no la busco.

Es a mi modo de ver, el acto más trascendente de la existencia. Es el misterio que nos acompaña, robándole la frase al maestro Lezama Lima.

Ahora bien amigos, mis sustos y sobresaltos en aeropuertos pudieran servir para un buen "best seller" si tuviera la capacidad de escribirlo.

Menuda aventura llegar y que nadie te espere, ni contesten al teléfono y al celular. Y no saber donde ir.

A veces hay que ser un geógrafo para llegar a un aeropuerto que nadie te espere y no saber como ir de una ciudad a otra donde no hay aeropuerto.

He tenido la tremenda suerte, como todo en mi vida, de tener siempre una mano amiga.

En el año 2004 salí despuntando el día de Curitiba al sur de Brasil. Era una madrugada fría y humedad y en Cuba se acercaba amenazante el Huracán Iván. Un fenómeno atmosférico gigantesco y poderoso capaz de arrasar nuestro caimán verde y querido que es Cuba. El tiempo en Curitiba, me llevo hasta pensar por su humedad y un cielo encapotado con todos los matices del gris y hasta el blanco de alabastro, que Iván estaba allí

Llegue a Sao Pablo con el tiempo exacto para tomar el siguiente avión rumbo a Panamá y llegar a ese lugar de paz total que es nuestro hogar.

Era domingo, no recuerdo con exactitud la fecha aunque puedo buscarla pero no me servirá de mucho una cifra si ya se vivió lo que se vivió.

Al entregar mi boleto de Copa Air Line me anunciaron que el aeropuerto de José Martí de La Habana había sido cerrado como consecuencia del peligro que representaba el Huracán Iván, me informaron además de que la compañía aérea debido a que era un fenómeno atmosférico nos e hacia cargo de los pasajeros.

No había sino que hacer como Fantomas, que en medio del mar, aun cuando no existían celulares, llamaba y aparecía algun recurso maravilloso para salir airoso de sus perseguidores, fuera un submarino o un helicóptero.

Fue entonces cuando Karen, una preciosa y simpática funcionaria de Copa Air Line, me ayudo a comunicarme con mis amigos en Sao Pablo, mi tabla de rescate.

Ella vio el rostro exangüe, melancólico y desastroso de quien como un niño pedía: "Yo quiero irme para mi casa".

Iván, me tuvo sentado frente a un canal de televisión del tiempo durante dos días. Al final se arrepintió de encontrarse con la cola de nuestro Caimán de acero y siguió otro curso donde realizó grandes estragos hasta perderse y ser domado por las olas del Golfo de México.

Regrese temprano en la mañana del miércoles.

Devuelta por la misma vía de Sao Pablo en el año 2006. Primero Habana-Panamá-Belo Horizonte y de regreso Porto Vehlo a Río Branco de este a Brasilia y de allí a Sao Pablo y no vi a Karen.

Y ahora, en el año 2009, al abordar Copa Air Line, de regreso a mi querida Habana, cuando  entregue los documentos a Karen. Ella sonriente me reconoció. Aquel mi rostro del 2004 quedo fijado en su memoria, aunque ahora animado por el regreso seguro a la patria.

Y en agradecimiento a su atención de aquel momento y a la satisfacción de ser recordado, desde mi Bitácora le doy nuevamente las gracias por su atención y cuidados a mi persona.

Necesitamos un mundo donde nunca falte Karen.

Tengo la suerte de encontrarme con frecuencia con ángeles, ya que hace poco, otra Karen, en esta ocasión, llamada Ruth, también en el aeropuerto de forma parecida me ayudo activando celulares dormidos. Y esa es otra historia que quizás cuente algun día con el mismo realismo con que escribía Bukoswky, sobre sus visitas al hipódromo.

Karen, un amigo es:

García Ucha

26/02/2009 23:52 ucha #. sin tema

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